I Am Divine, el concepto del mal gusto al culto

De adolescente a estilista a uno de los más grandes héroes underground de las décadas de los 70 y 80, Divine era una fuerza extraña delante de la cámara, su magnetismo entre lo encantador y lo repulsivo era su carta de presentación, nadie podía abordar como él los ridículos diálogos de John Waters y mostrarse alegremente abrasivo y confrontar como uno de los drag queens más conocidos de la cultura popular.

Así como Alfred Hitchcock tenía a la actriz/modelo Tippi Hedren, Woody Allen a Diane Keaton, Jean-Luc Godard a Anna Karina y Pedro Almodovar a Penélope Cruz, John Waters tenía a Harris Glenn Milstead, Divine, el personaje que hacía realidad sus más locas ideas, diálogos y propósitos. Sin embargo, Divine era más que un drag queen, como se muestra en el documental I Am Divine de Jeffrey Schwarz, era una estrella y un símbolo para todos los inadaptados, redefiniendo el cine undeground al lado de Waters con una personalidad que demostró que los caminos tradicionales a la fama no eran las únicas opciones para un tímido gay de Baltimore que quería ser famoso.

En verdad no hay Divine sin John Waters, así como no hay John Waters sin Divine, hacían una pareja perfecta de musa y creador empujada por la controversia, el mal gusto y las escenas tan malas que son buenas. I Am Divine desborda cada prueba a través de escenas de Eat Your Makeup (1968), Mondo Trasho (1969), Multiple Maniacs (1970), Female Trouble (1974), Polyester (1981) y Hairspray (1988), pero lo que más intenta mostrar el director es a Gleen, la persona querida e idolatrada debajo del cargado y a veces escalofriante maquillaje, el artífice de las fantasías basura de Waters donde básicamente mandó al demonio los galanes tradicionales y las mujeres ideales.

A diferencia de los documentales Dive Waters (1984) y Divine Trash (1998), con I Am Divine descubrimos a Glenn Milstead dentro de una familia conservadora, el chico que sufrió abusos pero que cuando encontró a John Waters, otro muchacho que quería expresarse de maneras únicas, ambos se convirtieron en la fuerza creativa e inspiración del otro. Ofrece una perspectiva cronológica dentro de su vida privada y la pública, entre la adicción a la comida y la adopción de Divine, además de la eventual necesidad de Glenn de ser reconocido como actor serio, permitiéndonos descubrir el alma del icono que canalizó la furia de sus años de inadaptado en un personaje tan gloriosamente de mala calidad y mal gusto que resultó añorable al verlo caracterizando a Jackie Kennedy, a una mujer violada por una langosta gigante y la ganadora del concurso a la persona más sucia y desagradable que protagonza Pink Flamingos (1972).

El núcleo de I Am Divine es celebrar la diferencia y la incapacidad de encajar que convirtió a Glenn en una divinidad visual, capaz de crear y vivir en su propia estructura social. Jeffrey Schwarz logra reunir a toda la familia de inadaptados en el documental, permite que Waters, Tab Hunter, Ricki Lake y Greg Gorman desarrollen el legado de Glenn como actor y persona, pero al mismo tiempo el director logra recrear una era en la que se desarrollaron películas tan únicas que fueron la educación directa del mundo del filme de culto, y el travestismo, cuando ser gay era bastante rebelde, incomprendido y censurado.

Aunque para muchos la palabra Divine significa “la persona que cierra una película de John Waters comiendo excremento de perro”, las ovaciones de pie que recibió Waters en forma de vomito (cómo él las clasificaba) no son toda la historia de Glenn Milstead. Lo que hace que el documental sea especial es la forma en se establece una conexión entre Divine y la cultura a su alrededor, mostrando cómo el personaje inspirado por la actriz Jayne Mansfield se convirtió en una parodia social, una reconstrucción en drag que se ajustó perfectamente a la época y que trasladó su persona a un concepto bastante singular de frente amplia, cejas finamente delineadas, prominentes labios rojos y frenética personalidad.



I Am Divine (2013)
Director: Jeffrey Schwarz
Estados Unidos
85 minutos

Publicado originalmente en la revista Icónica

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